DAMIAN
Matteo se aclaró la garganta de repente y Seraphina apartó sus suaves labios de los míos; por un segundo, me sentí vacío.
—Lo siento... —susurró ella de pronto, avergonzada, pero la interrumpí.
—No lo hagas —dije, y ella parpadeó—. No te disculpes —aclaré. Sus ojos se abrieron de par en par por un segundo antes de asentir despacio. Contemplé esos labios un segundo más antes de girarme hacia el bastardo que acababa de arruinar el momento; si hubiera podido, le habría arrancado la garganta