Alina reaccionó rápido y lo sostuvo antes de que se golpeara la cabeza contra la mesa de centro.
—¡Abuelo! ¡Abuelo!
Gritaba desesperada, pero Abel yacía en el piso, inconsciente.
El grito llamó la atención de todos. El alboroto se detuvo. Los presentes se quedaron pasmados al verlo desmayado.
—¡Papá!
Teo y Mariza intentaron acercarse. Alina, con una expresión implacable, alzó la voz.
—¡Llamen a una ambulancia!
El mayordomo marcó, preso del pánico. Cristina, por su parte, tuvo el acierto