Cuando Alina recuperó el conocimiento, fue por el impacto de un balde de agua que le echaron encima. Sacudió la cabeza. Tenía las manos atadas, así que tuvo que levantar ambos brazos con dificultad para secarse la cara. Inhaló un par de veces. Llevaba muchos años sin recibir un trato como ese.
—¡Alina!
La voz de Cheeto se escuchó cerca. Con las manos amarradas al frente, palpó a su alrededor para intentar adaptarse a la oscuridad antes de hablar.
—¿Cheeto?
—Soy yo. ¿En dónde estamos?
Negó