Alina se dirigió a la mansión Quiroga. Apenas la vio entrar, Abel la recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué pasó, mi niña? ¿Por qué llegas sola? ¿Y Oliver?
Hizo una mueca de disgusto.
—Se fue de viaje de negocios. Abuelo, se supone que yo soy tu nieta, ¿no te preocupas más por mí?
El anciano rio de buena gana.
—¡Pues sí, eres mi nieta, pero él ya es como mi nieto político! Preocuparme por uno o por el otro es exactamente lo mismo.
—¡Ay, abuelo! Todavía ni nos casamos, no le andes dicie