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ANTES DE SER LA REINA
ANTES DE SER LA REINA
Por: Sandraeliza
PRÓLOGO: EL ORIGEN DE LAS CENIZAS

Cuando comenzó el dolor... también comenzó el destino.

Hace tres años...

La turbina del jet privado zumbaba como un corazón cansado. Isabella viajaba acompañada de la familia; estaba en un sillón de la parte de atrás, lejos de las conversaciones y de las miradas, reclinada en el cuero blanco, con los audífonos colgando del cuello y la mirada perdida en las nubes plomizas que flotaban bajo sus pies. Nueva York se acercaba, pero el pasado no la dejaba avanzar.

Las lágrimas que se negaba a derramar ardían en su garganta. Cerró los ojos y, como si el dolor tuviera vida propia, su mente la arrastró de vuelta a aquel día. La cabaña junto al mar. Las velas encendidas. El champán. Las sábanas revueltas. Y Francesco...

—Ya está, puedes vestirte —había dicho él, frío, mientras se abotonaba la camisa.

—¿Qué pasa? ¿Hice algo mal? —susurró ella, sentada en la cama, aún con el shock de la impresión.

Francesco la miró con desdén.

—«¿Acaso no entiendes? Todo esto fue un juego. No te soporto. Aquí termina este estúpido noviazgo. Elena será mi esposa, la mujer que despierte todos los días a mi lado, como lo hace hasta ahora. Ella es la única mujer que sabe cómo hacerme el amor, sabe cómo hacer vibrar cada parte de mi cuerpo con sus caricias. Esto que acaba de pasar entre nosotros, lo que acabo de hacer contigo, es solo una prueba para que Elena se termine de convencer de que ella es y será la única mujer que me importa en la vida».

Arrojó treinta dólares sobre la cama y salió sin mirar atrás.

El recuerdo la sofocó. Isabella se abrazó a sus piernas. Su cuerpo temblaba, pero no por frío. El recuerdo era una daga afilada que la hacía sangrar; apretó con fuerza los ojos, como si quisiera escapar del recuerdo, pero en cambio otro apareció: Alessa en el colegio, ajena a lo que sucedía en casa. Sofía en el club, entre risas vacías con sus amigas. Giuseppe, encerrado en su despacho, hablando con Giorgio sobre negocios. La casa llena de ruido... excepto su cuarto, sumergido en un silencio absoluto.

Isabella, en la cama, aún en pijama. Su cuerpo encogido en posición fetal. Las lágrimas se confundían con la sangre.

—Isabella…

La voz de su nana, Ana, le volvió a la memoria. La puerta de la habitación se había abierto con un crujido y ella había entrado con una bandeja. El grito que soltó fue tan agudo que sacudió toda la casa. La bandeja cayó de sus manos; la vajilla se impactó contra el piso, lanzando partículas por todos lados.

Lo que siguió fue un caos de voces y pasos que se acercaban con urgencia. Giorgio subió los escalones de tres en tres, seguido por Giuseppe. Cruzaron la puerta; la vio desvanecida, sus ojos llenos de lágrimas, sus manos ensangrentadas y su rostro pálido mientras le repetía que cuidara de Alessa antes de caer en la inconsciencia. La cargó en brazos y salió junto a Giorgio, que abría las puertas del coche para ir al hospital.

Horas más tarde, en la habitación del hospital, Isabella estaba sentada con la mirada clavada en sus manos vendadas. La voz de Giuseppe fue hielo puro:

—Nadie debe saber lo que pasó. Nadie. Y mucho menos Alessa.

Ana y Giorgio asintieron. Luego Giuseppe se giró hacia su hija, clavó sus ojos en los de ella y repitió:

—¿Queda claro?

Isabella asintió en silencio, con las lágrimas corriéndole por el rostro.

—Hemos llegado, señorita —la voz de Giorgio la sacó del abismo.

Isabella abrió los ojos. El jet comenzaba a aterrizar. Un nuevo capítulo. El exilio disfrazado de oportunidad. El jet tocó tierra en Nueva York. Sus zapatos resonaban en el asfalto mojado mientras bajaba la escalinata. Atrás quedaban Calabria y el infierno.

Selva colombiana, misma noche — 2:13 a.m.

El aire era denso, saturado de humedad y pólvora. Una lluvia fina había comenzado hacía horas, pero ahora caía como un diluvio tropical, implacable, ensordecedor. Las ramas crujían bajo los pies de los agentes mientras se internaban en el corazón de la plantación camuflada que operaba como fachada para uno de los cárteles más impenetrables del país.

Nick avanzaba primero, el fusil ajustado al pecho, las botas hundiéndose en el lodo. A su lado, Carter revisaba el GPS militar mientras Arthur y Roger cubrían los flancos. John los seguía, escaneando el terreno con el láser térmico.

—Confirmada la señal térmica en el búnker —susurró Carter—. Terran está dentro. Y no está solo.

Una explosión seca los obligó a cubrirse. Desde el borde del claro surgieron sombras armadas. El silbido de las balas rasgó el aire como cuchillas. Nick rodó al suelo, apuntó y disparó. Uno, dos, tres impactos certeros. El olor a tierra mojada se mezcló con el de pólvora recién quemada. Una escena salida del infierno.

—¡John! ¡Llama al Halcón! —ordenó Nick entre dientes, con la mandíbula tan apretada que parecía de acero.

John ajustó el auricular y murmuró en el canal seguro:

—Unidad Cero a Halcón Uno, confirmada zona roja. Activar plan de extracción.

Los narcos retrocedieron al recibir fuego por parte del equipo de Nick. Silencio. Luego, un último disparo. El campo quedó regado de cuerpos y lluvia. Nick, empapado, con el rostro cubierto de barro y furia, bajó la mira cuando vio al hombre salir por la puerta metálica del búnker: Terran Ezquivel. Su excompañero. Su sombra rota.

—Bajen las armas —ordenó Nick a su equipo—. Déjenmelo a mí.

El relámpago iluminó el rostro de Terran: mojado, cansado, pero sin miedo.

—Vaya, vaya... los niños del viejo Walton. ¿Al fin llegaron? —dijo Terran con una media sonrisa torcida—. Justo tú, Walton. El hijo del glorioso director.

—Suéltala, Terran. Todavía puedes hacer lo correcto déjate ayudar—respondió Nick.

Terran soltó una risa hueca, de las que nacen del resentimiento.

—¿Ayudar? ¿Para qué? Sea como sea, ya estoy muerto, Walton. Dime, todos estos años, ¿qué hemos ganado? Cuando me maten, ¿qué recibirá mi madre? ¿Una bandera doblada y una palmada en el hombro? ¿Una medalla para mi ataúd? Eso es todo. Como en Irak. Como todos los nuestros. Tu padre se hará el ciego. No hay limpieza. Hay fuego y ceniza.

—Aún puedes redimirte.

—¿Redimirme? El juramento de “proteger y servir” es un chiste cuando los que dan las órdenes están más sucios que los criminales que combatimos. Tú lo sabes. Solo que aún no lo quieres aceptar. Recuerda estas palabras: “Semper Fi”. ¿A quién, si nadie es fiel a nosotros? Esta noche no podrás salvar a todos, novato. Solo recogerás cadáveres.

Terran alzó su fusil. Nick disparó.

El estampido reventó en medio del trueno. Terran cayó de rodillas, con los ojos abiertos y una sonrisa amarga en los labios. Nick bajó el arma y, con un rugido, golpeó una de las paredes metálicas del búnker hasta hacer sangrar sus nudillos.

—¡Quemen todo este maldito lugar! —ordenó con voz quebrada—. No quiero ni un rastro de esta basura. Y cuando llegue el equipo, suban el cuerpo al helicóptero. Fue un soldado... uno de los nuestros.

Nick se arrodilló junto a Terran, cerró sus ojos con la palma de la mano y murmuró:

—Fuiste un soldado… que eligió mal. Pero aun así, mereces que te saquemos de aquí como uno de los nuestros.

Dos años después – En la actualidad

El sonido de las puertas automáticas en la sede de la INTERPOL en Nueva York marcó el inicio de algo más que una reunión. Scott Walton esperaba junto a la mesa de operaciones. Nick, Carter, Arthur, John y Roger entraron, con un poco más de edad, pero con la misma tensión en el rostro. Scott lanzó una carpeta sobre la mesa.

—Desde el regreso de los Moretti a Nueva York hace dos años, los atentados, la expansión territorial y la “limpieza” de competencia se han duplicado. Parecen fantasmas. Intocables. Nick, tu nueva misión está aquí. Su nombre es Isabella Moretti, hija de Giuseppe Moretti.

Nick abrió el archivo. Vio las fotos de Isabella en distintos eventos. Su rutina. Su sonrisa oculta. Sus ojos... Carter lo observó de reojo. Algo en la mirada de Nick había cambiado.

—Cuidado, novato. Esos rostros angelicales suelen ser los más peligrosos.

Nick no dejaba de mirar la foto. Su voz fue apenas un susurro:

—Para ser la futura heredera, sus ojos están llenos de tristeza.

Darius Coleman intervino:

—Su tristeza no es nuestro problema. Tu objetivo es acercarte, conquistarla si es necesario, y que nos abras una puerta para llegar a su padre. Serás Nick Fitzgerald, estudiante de arquitectura; Carter será tu hermano mayor, y el resto de los chicos, tus guardias de seguridad.

—¿La chica sale con alguien? —indagó John.

—La chica es solitaria. Muy poco sale de la mansión. Solo se le conoce un amigo: Daniel Colmenares. Isabella visita librerías, pasea por Central Park con su hermana; es la "Abeja Reina" y no deja que nadie se acerque. Deberás trabajar bien tus encantos, Walton, y recuerda: ella es la clave para llegar a su padre. No te involucres más allá de la misión.

Nick observó otra fotografía de Isabella abrazando a Alessa, y suspiró.

—Entendido...

Pero su voz carecía de la firmeza habitual. Carter lo notó. Fue la primera vez que lo vieron dudar. Y en el horizonte... Isabella Moretti estaba a punto de cruzarse con Nick Walton.

La historia estaba a punto de comenzar…

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Alice SánchezEse Francesco es un desgraciado ... Y Nick, ya está perdido Carter y Arthur ya lo vieron.
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