El amanecer se filtró por la ventana del hospital como un suspiro tibio. Isabella abrió los ojos después de apenas un par de horas de sueño ligero, recostada en la butaca junto a la cama de su padre. Su cuello dolía, sus hombros ardían por la tensión acumulada… pero sus ojos, aunque cansados, conservaban la misma determinación férrea.
Giuseppe aún dormía.
Cada respiración era un recordatorio de que seguía allí, aferrado a la vida.
Isabella se incorporó con suavidad y le acomodó la sábana a la a