El amanecer se filtró por la ventana del hospital como un suspiro tibio. Isabella abrió los ojos después de apenas un par de horas de sueño ligero, recostada en la butaca junto a la cama de su padre. Su cuello dolía, sus hombros ardían por la tensión acumulada… pero sus ojos, aunque cansados, conservaban la misma determinación férrea.
Giuseppe aún dormía.
Cada respiración era un recordatorio de que seguía allí, aferrado a la vida.
Isabella se incorporó con suavidad y le acomodó la sábana a la altura del pecho. Se quedó unos segundos observándolo con ese amor callado que solo los hijos devotos saben sentir.
Un golpe leve en la puerta la sacó de sus pensamientos.
— ¿Se puede? —la voz inconfundible, cargada de desparpajo.
Isabella sonrió automáticamente.
—Pasa, Charly.
Él entró con un café en cada mano, ojeroso pero con el humor intacto.
Llevaba su chaqueta abierta, una camiseta que gritaba “soy calle, pero con estilo”, y ese acento colombiano que siempre lograba suavizar los momentos má