La mansión Moretti se alzó frente al auto como un gigante antiguo, solemne y silencioso, casi conteniendo el aliento ante el regreso del Don. El sol de la tarde caía oblicuo sobre las columnas de mármol, tiñendo todo de un dorado grave, como si la casa misma comprendiera que la calma era solo un disfraz.
Giorgio abrió la puerta trasera con el respeto ceremonioso de siempre. Isabella sostuvo el brazo de su padre; cada paso de Giuseppe era firme, lento, obstinado. Charly venía detrás con las flor