El ala oeste de la mansión hervía con un caos contenido. El eco de pasos apresurados resonaba en los pasillos de mármol. El doctor, junto a dos enfermeras de confianza, irrumpieron con guantes y bandejas metálicas mientras Isabella sostenía la mano de Charly, que respiraba con dificultad, empapado en sangre.
— ¡Resiste, por favor! —susurraba Isabella, con la voz quebrada, apretando contra la herida una toalla empapada. La sangre se filtraba entre sus dedos, caliente, pegajosa, como si la vida s