Las luces de la habitación de Daniel seguían apagadas, salvo por el parpadeo del estuche abierto sobre la colcha. La pulsera brillaba como un juramento lanzado al abismo. Isabella la sostenía entre los dedos mientras las lágrimas bajaban sin permiso por sus mejillas.
El llanto era contenido, silencioso, de esos que salen cuando ya no queda rabia, solo miedo y desilusión.
Daniel entró despacio, sin llamar. La vio ahí, encogida sobre la cama, con los ojos hinchados y el corazón colgando de un hil