Por la mañana, en la mansión olía a azahar recién cortado y secretos podridos. Sofía, envuelta en un kimono de seda que dejaba un muslo al descubierto, acariciaba los pétalos de una rosa mientras Jean, el jardinero, ajustaba los riegos automáticos.
—Son delicadas… —murmuró él, limpiándose las manos en el delantal. Su mirada recorrió el escote de Sofía con una osadía que hubiera costado la vida a cualquier otro empleado.
— ¿Solo las rosas son delicadas? —respondió ella, acercándole una copa de j