Mientras el Bentley se fundía con el tráfico vespertino, su teléfono vibró. Era un mensaje de Nick.
Nick: “Isa, por favor. Necesito explicarte. No fue rechazo. Fue… miedo. Miedo a lastimarte más. Miedo a que esto sea solo una reacción al horror de anoche. ¿Puedo verte?”
Isabella cerró los ojos, apretando el teléfono hasta que los nudillos palidecieron. La rabia, la confusión y una punzada de esperanza se batían en su interior. ¿Miedo? ¿Miedo a qué? ¿A mí? ¿Al monstruo que mi padre despertó en t