La mañana del martes comenzó con un cielo plomizo sobre Long Island. En la mansión Moretti, el silencio era espeso, como si las paredes mismas susurraran sobre la noche anterior. Isabella, sentada en su cama, observaba por enésima vez la pantalla de su celular. El mensaje de Nick seguía allí, corto y dolorosamente dulce:
Nick: “Ya estoy en casa. No puedo dormir. Si sueñas esta noche, que sea conmigo... y con la cabaña.”
La puerta se abrió sin aviso. Alessa y Charly entraron casi en silencio. Al