Mientras la Reina se encontraba descansando en la mansión Mclean tras cobrar su deuda pendiente con los Al-Farsi, el helipuerto de la sede de la Agencia en Nueva York todavía vibraba cuando Nick Walton Fitzgerald saltó del Black Hawk. No traía medallas, solo el polvo de dos continentes en sus botas y la mirada de quien ha visto demasiado. Caminó por los pasillos de cristal blindado con la arrogancia de un hombre que sabe que es indispensable, seguido por Samuel y Rocco, quienes intercambiaban m