El complejo industrial de Altstetten se alzaba como un esqueleto de acero y hormigón contra el cielo negro de Zúrich. No había luces, solo el zumbido de los generadores y el olor a metal frío. Isabella se había despojado del vestido negro de seda en un cambio relámpago en la mansión McLean; ahora vestía un traje táctico de kevlar que se ajustaba a su cuerpo como una armadura. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta tirante y sus ojos ámbar brillaban con una sed de justicia que cinco años