En la penumbra de la habitación de la clínica, el único sonido era el rítmico pitido de los monitores. Después de despedirse de Salvatore, Isabella no había soltado la mano de su hermana ni un segundo, transmitiéndole una fuerza silenciosa a través del contacto. De pronto, los párpados de la joven temblaron y se abrieron, desenfocados por el remanente de los sedantes. Al reconocer el rostro de Isabella, las lágrimas desbordaron de inmediato sus ojos pálidos.
—Isa... —susurró Alessa con la voz q