El aire en la mansión Moretti había cambiado. La presencia de Lucía Holding era como un ventilador industrial que barría el hedor a traición y veneno que Sofía había sembrado. Giuseppe, visiblemente más relajado tras la descarga de tensión en el despacho, se acercó a Lucía con una familiaridad que solo permitía con ella. Le rodeó los hombros con un brazo y le dio un apretón afectuoso, un gesto que en él equivalía a una capitulación total.
—Tu habitación de siempre está lista, Lucía —dijo Giusep