El aire de Nueva York no era como el de Zúrich. No tenía esa pureza gélida de los Alpes; era denso, cargado de humedad, asfalto y el aroma metálico de una guerra que nunca terminó de enfriarse. Cuando las ruedas del jet privado de los McLean tocaron la pista del aeropuerto Teterboro, Isabella no sintió alivio. Sintió el rugido de una fiera que regresa a su territorio para castigar a quienes osaron tocar lo que ella más amaba.
Bajó la escalinata con una elegancia mecánica. No hubo tiempo para pr