Dos años en Zúrich no habían sido simplemente un exilio; habían sido una metamorfosis. El tiempo se deslizó sobre la ciudad de los bancos con una parsimonia engañosa, pero para Isabella, cada segundo fue una lección de supervivencia y dominio. A sus veintiún años, Isabella ya no era la joven que llegó destrozada por la pérdida de un hijo y el peso de una traición. Ahora, caminaba por los pasillos de la universidad con una presencia que silenciaba los murmullos. Su estilo había evolucionado haci