El amanecer en Zúrich no pidió permiso. Entró por los ventanales de la mansión McLean como una ráfaga de luz blanca y fría, golpeando directamente los rostros de dos depredadores que apenas habían cerrado los ojos. El aire en la zona de la piscina todavía estaba cargado con el aroma a ginebra cara y el eco de confesiones que habían cambiado para siempre el eje de su relación. Isabella despertó con su rostro sobre el pecho de Tom; se frotó las sienes, sintiendo el latido sordo de una resaca lig