El eco de los disparos en el parque todavía resonaba en los oídos de Tomás mientras el Aston Martin cruzaba a toda velocidad los portones de la mansión McLean. Tenía la respiración agitada y un rastro de sangre seca en la comisura de los labios, pero sus ojos verdes brillaban con una intensidad eléctrica. No era miedo lo que sentía; era la euforia de haber visto a la verdadera Reina en acción.
Richard lo esperaba en la biblioteca, de pie junto a la chimenea, con un vaso de whisky en la mano. No