El humo del narguile flotaba en densas espirales azuladas en el despacho privado de Kareem Al Farsi. El aire estaba saturado de un perfume dulzón y metálico, el aroma del poder rancio. Kareem, un hombre cuyas arrugas alrededor de los ojos contaban historias de traiciones en tres continentes, observaba a su hijo, Kareem Jr., mientras este revisaba unos informes de logística.
La puerta se abrió con brusquedad. Entraron los hombres que habían regresado de la zona industrial, todavía con el olor a