La música de The Gilded Cage todavía vibraba en el aire cuando Isabella y Tomás salieron del club, dejando atrás el humo de narguile y las miradas calculadoras de Kareem Al Farsi. La noche de Zúrich era una caricia gélida que les devolvió la lucidez tras el pacto silencioso de depredadores que acababan de sellar. Tomás se detuvo frente al auto de Isabella con una chispa de anticipación en sus ojos verdes.
—Paso por ti a las once de la mañana —dijo Tomás, con ese tono de mando que a cualquier ot