Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella entró a la biblioteca como si dejara atrás una batalla sangrienta y necesitara esconderse en el único refugio seguro que conocía: el silencio absoluto.
El mármol del suelo brillaba bajo los rayos dorados que se filtraban por los ventanales altos, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire. El olor a papel viejo, cuero y tinta fresca la envolvió como un bálsamo para sus nervios alterados. Sus tacones resonaban sutiles, casi tímidos, entre los pasillos de estanterías infinitas, buscando un rincón donde su mente pudiera finalmente callar.
«¿Qué se cree ese idiota?», pensaba con furia contenida mientras deslizaba los dedos por el lomo áspero de un libro de anatomía patológica. «Torpe, encantador, entrometido… y con esa sonrisa que parece saber cosas que no debería saber».
Se sentó en una mesa apartada, cerca de la ventana. Sacó su libreta de apuntes y su bolígrafo de plata, pero no escribió nada. Se quedó mirando el vacío, dándose cuenta de que su corazón aún latía con una arritmia poco profesional. Y, como si la realidad se burlara de sus muros defensivos… ahí estaba él. Nick, a escasos metros. Con un café en una mano y un cuaderno en la otra. Sonriendo. Otra vez.
— ¿Biblioteca, eh? —dijo él, acercándose con ese paso despreocupado que parecía reclamar cada centímetro de espacio—. Te imaginaba más de laboratorio oscuro y bisturí.
—Y yo te imaginaba más de un gimnasio lleno de espejos —replicó ella sin dignarse a mirarlo—. Qué decepción.
Nick soltó una carcajada limpia que desafió el silencio de la sala.
—Vengo en son de paz.
—Deberías venir en silencio.
—Traje café —levantó el vaso con una leve reverencia, como si ofreciera un tributo sagrado—. El verdadero pasaporte para entrar a una conversación contigo.
—No estoy interesada en ninguna conversación.
— ¿Y en el café?
Isabella lo miró por primera vez, directamente a los ojos. Las pupilas de Nick no se inmutaron bajo su escrutinio. Seguían allí, azules y atrevidos, como si nada en este mundo pudiera hacerlo dudar. Ni siquiera ella.
—Si te acercas un centímetro más —dijo ella en un tono bajo, pero cargado de una promesa firme—, te haré una demostración práctica de cómo se usa un escalpelo.
Nick sonrió, y por un segundo, Isabella creyó ver un destello de admiración genuina en su rostro.
— ¿Eso significa que no te molesto… o que te estoy empezando a intrigar?
Ella giró la cabeza con brusquedad, volviendo la vista al libro abierto de disección.
—Eres como un virus sin vacuna. Persistente. Molesto. Difícil de erradicar.
—Y, sin embargo, el cuerpo aprende a convivir con algunos virus —susurró él, inclinándose lo suficiente para que ella pudiera oler su perfume: maderas y una pizca de aire libre—. Incluso llega a necesitarlos.
Él le guiñó un ojo, y ella tuvo que apretar los puños bajo la mesa para contener una sonrisa que estuvo a punto de escaparse.
— ¿No tienes otra víctima que torturar? ¿Una porrista, tal vez? ¿Alguien que no planee convertirte en material de estudio en una sala de autopsias?
—Ya lo intenté. Pero ninguna tiene esta mezcla letal de sarcasmo y misterio que tienes tú, doctora Moretti.
— ¿Cómo sabes mi apellido? —preguntó ella, tensándose. —Y no soy doctora. Aún.
—Aquí eres como una celebridad, aunque intentes ser un fantasma. Y… tiempo al tiempo, Doc. Yo puedo esperar.
Esa última frase, dicha con un tono de seriedad involuntaria, le estremeció el pecho. Nick se dio media vuelta, como si no esperara nada más, y antes de marcharse, dejó el vaso de café sobre su mesa con una suavidad absoluta.
—Descafeinado. Con un toque de vainilla. Como lo pediste ayer en el comedor, cuando pensabas que nadie escuchaba.
Isabella lo miró alejarse. La espalda firme, el paso seguro de un hombre que no necesitaba permiso para colarse en la vida de nadie.
—Idiota —susurró para sí misma.
Pero no apartó el café. Tampoco lo tiró a la basura. Lo sostuvo entre las manos, sintiendo el calor filtrarse a través del cartón. Cerca. Reconfortante. Como un segundo latido que no quería admitir.
Pasó una hora de estudio infructuoso. Isabella cerró los libros con firmeza, incapaz de concentrarse. Reunió sus cosas y salió a buscar a sus sombras. Ya en el auto, se acomodó en el asiento trasero de cuero, pensativa. Giorgio la observó por el retrovisor, con esa paciencia de viejo roble que siempre la reconfortaba.
—Quiero dar un paseo, Giorgio. No quiero ir directo a la jaula de oro.
—Como ordene, pequeña.
Se detuvieron frente a una librería en el corazón de Manhattan, un local de aspecto antiguo, con estanterías de madera oscura que llegaban al techo y ese aroma embriagador a tinta vieja y sabiduría acumulada. Isabella caminaba entre los pasillos como una niña curiosa en tierra de gigantes. Recorrió estantes de medicina, historia y poesía… hasta que un título la detuvo en seco: Los que se aman en silencio.
Tomó el libro con manos suaves. Era una edición de tapa dura, forrada en lino azul oscuro. En letras doradas diminutas, bajo el título, leyó: «Hay amores que no hacen ruido, pero dejan grietas en la eternidad». Lo abrió al azar y la página pareció temblar entre sus dedos.
“Ella lo amó en susurros. Él la cuidó en la distancia. Y aunque la historia no los dejó juntos, el amor no necesitó final feliz para ser eterno”.
Sus labios se apretaron en una línea fina. No lo compró, pero las palabras quedaron grabadas a fuego en su memoria.
Al salir, se detuvo un segundo frente a una floristería. El estallido de colores y perfumes era abrumador. Miró un ramo de tulipanes blancos y una sonrisa amarga curvó sus labios.
—Me regaló flores una sola vez… el día en que destrozó mi corazón —susurró para sí misma, con el fantasma de Francesco apretándole el pecho.
Suspiró y siguió caminando hacia el centro comercial, seguida de cerca por Sebastián y Giorgio. Entre escaparates de lujo y opulencia vacía, Isabella se sentía fuera de lugar, hasta que una tienda de peluches captó su atención. En la vitrina, un oso panda grande llevaba sobre su espalda a uno más pequeño. Sus ojos brillaron. Recordó cuando Alessa, de niña, se trepaba sobre su espalda y gritaba de risa. Cuando su mundo aún no pesaba tanto.
Entró, tomó los pandas y caminó decidida hasta la caja.
—¿Quiere que lo envolvamos, señorita? —preguntó la empleada.
—No. Solo póngale un lazo. Uno hermoso. Azul. Es para mi hermanita.
Pagó y salió abrazando a los peluches contra su pecho, como si fueran un tesoro capaz de protegerla del mundo. Giorgio sonrió al verla.
— ¿A dónde vamos ahora, pequeña?
—Es hora de comer, chicos. Hoy… rompemos las reglas.
Caminaron hasta la feria de comida. Isabella detuvo sus pasos frente a los arcos dorados de la comida rápida.
— ¿McDonald’s o KFC? —preguntó con picardía.
Sebastián, el escolta más joven, titubeó incómodo.
—Señorita… solo estamos aquí para protegerla. No podemos sentarnos con usted en un lugar así.
— ¿Por qué no? —Isabella se giró con una sonrisa traviesa que rara vez mostraba—. Giorgio me preparaba biberones cuando era bebé. Y tú, Sebas, relájate. Mi madre no está cerca para soltar uno de sus discursos sobre "clase y linaje".
Se cruzó de brazos, desafiante.
—Van a sentarse conmigo. Y vamos a comer como humanos normales. Giorgio, ¿cajita feliz o combo grande?
—Sabes que quieres el juguetico, niña —dijo él, riendo de buena gana.
El rostro de Isabella se iluminó.
— ¡Exacto! ¡Ganar-ganar!
Comieron entre risas, ignorando las miradas de los curiosos. Isabella sostenía la figura de juguete mientras Giorgio recordaba anécdotas de cuando el Don intentaba enseñarle a negociar siendo apenas una niña. Por un momento, Isabella se sintió libre.
Horas más tarde, regresaron a la mansión. Isabella subió directo a la habitación de Alessa y entró sin anunciarse. Su hermana estaba envuelta en una manta, pero saltó del colchón al ver los osos panda.
— ¡Un regalo sin motivo! —exclamó Isabella entregándole los peluches—. Me recuerda a cuando te trepabas sobre mi espalda.
— ¡Mi unicornio mágico! —rió Alessa abrazando el regalo.
—Y tú eras mi caos favorito.
Ambas se abrazaron con fuerza. Alessa se separó un poco y escudriñó el rostro de su hermana mayor.
— ¿Estás bien? Hay… hay algo diferente en tus ojos hoy. Como si se hubiese encendido una luz. ¿Pasó algo?
Isabella bajó la voz, compartiendo el secreto.
—Conocí a alguien hoy. O bueno, reapareció. Es el chico que me golpeó con un balón hace meses.
— ¿Es guapo? —preguntó Alessa emocionada.
—Demasiado guapo para ser legal. Ojos azules como el mar de Bora Bora y una sonrisa de esas que te avisan que te vas a arrepentir de confiar en él. Me salvó de una naranja voladora y me llevó café.
— ¡Me encanta! —gritó Alessa—. Si no te trata bien, lo meto en formol yo misma.
—Te amo, loca —susurró Isabella.
En ese momento, la puerta se abrió con la brusquedad de una tormenta. Su madre, Sofía, entró con la elegancia gélida que la caracterizaba.
—Isabella, debes estar lista a las siete. Vamos a la cena de caridad.
—Perfecto. Alessa y yo buscaremos qué ponernos.
—Alessandra no va —cortó su madre sin un ápice de emoción.
— ¿Por qué?
—Porque causa problemas. Esta cena es un compromiso social de alto nivel, no un juego para niñas.
—Entonces vayan sin mí —replicó Isabella con una calma peligrosa.
Sofía se acercó y la tomó del brazo con una fuerza que pretendía ser una advertencia.
—No me retes. Soy tu madre y te estoy dando una orden.
Isabella se soltó con un movimiento brusco y firme.
—Y como madre deberías saber que tus dos hijas valen igual. Si soy la heredera del imperio de papá, entonces Alessa viene conmigo. A donde yo vaya, va ella. Es mi última palabra.
Sofía apretó la mandíbula, sus ojos echando chispas de furia contenida.
—Como ordene… su majestad. Estén listas a las siete.
Salió de la habitación dejando una estela de frialdad tras de ella. Alessa miró a su hermana con adoración.
—Gracias… por defenderme.
—Siempre, peque. Porque tú eres mi lazo azul, el único que no pienso desatar jamás.







