La mañana amanecía silenciosa en Manhattan.
Una luz tenue, filtrada por las cortinas grises, acariciaba los contornos de la habitación.
Nick abrió los ojos, y lo primero que vio fue a Isabella, dormida a su lado, con los labios entreabiertos y el cabello revuelto como un nido de sueños.
Sonrió con dulzura.
En silencio, se levantó, tomó una ducha caliente y se secó el cabello con una toalla, dejando gotas que resbalaban sobre sus hombros marcados.
Luego, frente al espejo, eligió su atuendo: jean