La mañana llegó con un cielo encapotado que cubría Nueva York con un velo gris.
La brisa fría rozaba los cristales de la mansión Moretti como un presagio. Isabella bajó a desayunar en silencio, arrastrando los pies, con el cabello suelto y el alma cargada de nudos.
En el comedor, el sonido de los cubiertos contra la porcelana era lo único que rompía la quietud. Alessa y Charly la siguieron poco después y, sin decir palabra, salieron: ellos a su clase de equitación, e Isabella, a una conferencia