Copenhague se había transformado en un lienzo de luces doradas y sombras azuladas. A un día de la Nochebuena, la ciudad vibraba con una energía eléctrica. El equipo, dejando de lado las armas y la paranoia, se mezcló con la multitud en un concierto al aire libre durante el atardecer. La música, una mezcla de coros nórdicos y ritmos modernos, llenaba el aire mientras el sol se ocultaba tras los tejados puntiagudos.
Había tragos, risas y una sensación de normalidad que se sentía casi prohibida. A