La mañana de la víspera de Navidad en la villa de Copenhague no parecía pertenecer al mundo real. El sol se filtraba a través de los grandes ventanales, haciendo que la nieve acumulada en los pinos exteriores brillara como polvo de diamantes. Dentro, el ambiente era una sinfonía de aromas: el olor fresco del abeto natural se mezclaba con la canela y el chocolate caliente que burbujeaba en la cocina.
Por un día, no había jerarquías. La villa se llenó de risas y una energía vibrante, digna de una