La mañana siguiente al cumpleaños amaneció con una luz cruda y blanca, típica de los inviernos neoyorquinos. El resplandor se filtraba por los ventanales de la mansión, iluminando el rastro de la opulencia de la noche anterior: pétalos de rosas rojas marchitos en el mármol, el eco del champán caro y una extraña sensación de vacío. El poder, una vez exhibido, dejaba una resaca de tensión que se respiraba en cada pasillo.
Isabella se despertó temprano. No había rastro de cansancio en sus ojos pál