La mansión Moretti no solo estaba iluminada; parecía arder bajo la luz de mil lámparas de cristal que colgaban del techo como gotas de escarcha. El 12 de diciembre había llegado cargado de un frío cortante que obligaba a los invitados a refugiarse en el calor del salón principal, un espacio que esa noche destilaba un lujo obsceno. Políticos, jueces y los capos de las familias más influyentes se paseaban entre copas de cristal y el aroma a tabaco de importación, todos esperando ver si la tragedi