El aterrizaje en Bora Bora fue un contraste cruel. El sol brillaba con una intensidad dorada sobre las aguas turquesas, y el aire olía a sal, a hibisco y a esa libertad que ahora les parecía un concepto ajeno, casi ofensivo. El equipo se movió con una eficiencia silenciosa; nadie hablaba, nadie se atrevía a romper el frágil equilibrio de la pareja.
Se instalaron en los mismos bungalows sobre el agua donde, meses atrás, habían descubierto que el amor podía ser un refugio. Nick e Isabella cruzaro