El trayecto desde los muros de granito de la mansión Moretti hasta la pista privada fue un desfile de sombras proyectadas contra el cristal blindado. Para Isabella, el mundo exterior parecía haberse convertido en una película muda, una sucesión de luces de neón y edificios grises que pasaban a toda velocidad sin tocarla. Dentro de la camioneta, el aire era tan denso que casi se podía palpar. No era solo el silencio; era el peso de lo que no se decía, la gravedad de una pérdida que llenaba cada