El sol comenzaba a ocultarse tras la imponente silueta del monte Otemanu, una mole de piedra que se alzaba como un guardián silencioso sobre el paraíso. El cielo de Bora Bora se transformaba en un lienzo vivo, tiñéndose con pinceladas de violeta, ámbar y un carmesí profundo que se reflejaba en el espejo líquido del agua cristalina.
Era una belleza que dolía, un recordatorio de que el mundo seguía siendo hermoso a pesar del desastre que ellos llevaban por dentro. Dentro del bungalow, el silencio