El muelle olía a pólvora y a la frialdad del metal. Nick ejecutó al último hombre de la lista con una precisión mecánica, un disparo seco que se perdió en el estruendo del puerto. Giorgio se acercó a él, guardando su arma, con el rostro sombrío tras recibir una llamada.
—Vittoria se ha ido, Nick —soltó Giorgio con amargura—. Cruzó la frontera en un jet privado hace veinte minutos. Se llevó al hijo de Santoro con él.
Nick no se inmutó. No hubo rabia, solo un vacío glacial en sus ojos azules. La presa principal se había escapado, pero a él ya no le quedaba fuego para perseguirlo. No ahora.
—Que corra —susurró Nick, con la voz muerta—. El mundo es pequeño.
Giorgio lo observó con preocupación. El Nick que tenía enfrente no era el «Chico» que protegía a su pequeña con una sonrisa. Era una cáscara vacía. —¿Regresamos a la mansión? —preguntó Giorgio—. Isa necesita saber que estás a salvo. Ella te necesita, Nick.
Nick se detuvo en seco antes de llegar al auto. La simple idea de ver a Isabella