La habitación de la unidad médica privada, dentro de los muros de la mansión Moretti, olía a antiséptico y a flores frescas que Giuseppe había ordenado colocar para disfrazar el aroma de la tragedia. Isabella permanecía en la cama, pálida, con la mirada fija en el ventanal donde la primera luz del alba empezaba a filtrarse. Se sentía vacía, como si una parte de su alma hubiera sido arrancada quirúrgicamente, pero sus ojos ya no lloraban. Se había secado las lágrimas después de que Nick se march