La habitación de la unidad médica privada, dentro de los muros de la mansión Moretti, olía a antiséptico y a flores frescas que Giuseppe había ordenado colocar para disfrazar el aroma de la tragedia. Isabella permanecía en la cama, pálida, con la mirada fija en el ventanal donde la primera luz del alba empezaba a filtrarse. Se sentía vacía, como si una parte de su alma hubiera sido arrancada quirúrgicamente, pero sus ojos ya no lloraban. Se había secado las lágrimas después de que Nick se marchara, en aquel último y agónico abrazo, y se había prometido que no terminaría de quebrarse allí.
A su lado, Alessa le sostenía la mano en un silencio cargado de compasión, mientras Charly permanecía de pie junto a la puerta, como un centinela que se negaba a descansar. Ana entró en la habitación con una bandeja, su rostro reflejando el cansancio de una noche eterna.
— ¿Cómo está él? —preguntó Isabella; su voz era un hilo fino pero firme.
Charly supo que no hablaba de Nick. — Sebastián ya está fu