El frenazo de la camioneta frente a la mansión fue el único sonido que se atrevió a romper la noche. Nick bajó a Isabella en brazos; ella estaba tan liviana, tan frágil, que sentía que se desvanecería si la apretaba demasiado. El doctor Miller y dos enfermeras de confianza ya esperaban en la entrada. No hubo preguntas, no hubo policía. En el mundo de los Moretti, la sangre se limpiaba en casa.
— ¡Con cuidado! —rugió Nick, entregándola al camillero. Sus manos quedaron vacías, temblando, cubierta