El frenazo de la camioneta frente a la mansión fue el único sonido que se atrevió a romper la noche. Nick bajó a Isabella en brazos; ella estaba tan liviana, tan frágil, que sentía que se desvanecería si la apretaba demasiado. El doctor Miller y dos enfermeras de confianza ya esperaban en la entrada. No hubo preguntas, no hubo policía. En el mundo de los Moretti, la sangre se limpiaba en casa.
— ¡Con cuidado! —rugió Nick, entregándola al camillero. Sus manos quedaron vacías, temblando, cubiertas de un rojo que empezaba a secarse.
El tiempo se detuvo en la sala de espera. Giuseppe estaba de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas en la espalda. No rugió, no dio órdenes. Solo cerró los ojos y dejó escapar una respiración larga y profunda, como si estuviera cargando el peso de todo su linaje sobre los hombros.
Alessa se hundió en un sillón, con el rostro escondido entre las manos, sus sollozos rompiendo el aire. Charly, incapaz de contener la rabia, lanzó un puñetazo brutal co