El silencio dentro del Audi era más ensordecedor que los gritos de Scott en la Agencia. Nick apretó el volante con tanta fuerza que el cuero crujía en protesta y sus nudillos perdieron todo rastro de sangre. Estaba solo. Sin satélites, sin el respaldo de la Interpol, con sus hermanos camino a la Cámara Cero por su culpa. El mundo que había construido para "ellos tres" se desmoronaba entre sus dedos.
Conducir hasta el apartamento fue un acto reflejo. Cada semáforo en rojo era una eternidad, cada curva un obstáculo entre él y el único lugar que aún olía a ella.
La llave tembló en la cerradura, fallando dos veces antes de ceder. Nick empujó la puerta, que se abrió con un chillido, y el mundo se detuvo. El apartamento estaba sumido en una penumbra azulada por la luz de la calle. Y entonces, lo golpeó: el aroma a jazmín de Isabella, mezclado con el café de la mañana que nunca terminaron. Un olor a vida interrumpida que ahora apestaba a pérdida.
Se desplomó contra la puerta. Su respiración,