A las afueras de Queens olía a humedad… y a traición.
Vittoria, con los nudillos ensangrentados y el labio partido, arrojó un teléfono contra la pared. El cristal se desmoronó en mil pedazos.
— ¡Moretti me debe sangre! —rugió, mientras sus hombres intercambiaban miradas nerviosas.
Alberto, su mano derecha, se acercó con cautela.
—Jefe, perdimos a Marcelo y a la mitad de los nuestros. Necesitamos reagruparnos.
Vittoria giró hacia él. Tenía los ojos enrojecidos, la furia ardiéndole bajo la piel.