El regreso a la mansión Moretti no fue un retorno, sino un repliegue herido. La caravana de vehículos se deslizó por los portones como animales acorralados. La niebla de la madrugada se había convertido en una lluvia fina y cortante que empañaba las ventanas, como si la propia ciudad llorara el desastre.
Isabella salió del auto sin esperar a que se detuviera por completo. Su ropa aún olía a pólvora y agua salada. No miró atrás, no esperó a su hermana, ni a Charly, ni a su padre. Caminó directamente hacia las puertas dobles de roble, sus pasos resonando con un eco hueco sobre el mármol del vestíbulo.
La mansión, usualmente un bastión de silenciosa autoridad, zumbaba con una energía distinta: la del fracaso y la furia contenida.
Giuseppe entró después, caminando hacia el salón principal, deteniéndose frente a la chimenea fría. Su espalda estaba rígida, sus manos empuñadas a los costados. Cuando Alessandra entró, aún tambaleándose, con la chaqueta de Charly sobre los hombros y el rostro