El rumor de la reunión de Aelin con los Condes de Liria no quedó en titulares: se volvió susurro, ese tipo de murmullo que corre por pasillos sin cámaras y se instala en oficinas donde una ceja levantada basta para detener un contrato. La ciudad no podía confirmarlo, pero la ciudad lo creía. Y lo que la ciudad cree, cambia la forma de caminar en las aceras.
Celeste no caminaba. Daba zancadas. La rabia le subía por el cuello como un ascensor descompuesto, directo a un piso donde todo se rompe.