El coche avanzaba en silencio por las avenidas mojadas. Aelin no había pronunciado palabra desde que salieron del edificio. La carta de los Delacroix, ahora convertida en recuerdo, parecía haber dejado un sello invisible en su piel.
Darian la observaba de reojo, sin interrumpirla. Sabía que necesitaba procesar lo ocurrido. Sasha, en cambio, no se contuvo.
—Estuvieron a punto de tantearte, Aelin. Querían que vacilaras, que admitieras siquiera una pizca de duda sobre quién eres. Pero no lo hici