La residencia Vólkov estaba sumida en una calma envolvente. Afuera, la ciudad latía en su ritmo frenético, pero en ese refugio de mármol, cristal y sombras tenues, el tiempo parecía congelado.
Aelin caminaba descalza sobre la alfombra persa del salón, con una copa de vino entre los dedos. Llevaba una bata de satén negro que dejaba su espalda al descubierto, el cabello suelto cayendo como una cortina de tinta. Había algo en su andar: ese equilibrio entre elegancia letal y una belleza que no ped