La oficina de Leonard estaba sumida en un silencio tenso. Solo el tictac del reloj y el murmullo débil de los autos afuera se atrevían a interrumpirlo. Isabella caminaba de un lado al otro con los tacones golpeando el mármol como una declaración de guerra.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras esa mujer nos pisa el cuello —escupió.
—No tenemos pruebas de que sea ella —murmuró Leonard, frotándose las sienes—. Solo intuición, rumores… y el caos que ya sembró.
Isabella se detuvo