La mañana amaneció templada, con una bruma suave que se deshacía lentamente sobre la ciudad. Desde la terraza del ático, Aelin contemplaba el horizonte con una taza de té entre las manos, envuelta en una bata de seda marfil que caía con elegancia sobre sus hombros. El silencio que la rodeaba era denso, pero lleno de propósito.
Sasha se acercó con una carpeta negra entre los brazos.
—Llegó la confirmación. El comité de la Fundación Mirova ha aceptado tu participación como benefactora principal