La ciudad no dormía. Las luces vibraban como luciérnagas eléctricas, los autos rugían como bestias mecánicas, y en cada esquina alguien murmuraba sobre ella.
La dama misteriosa.
Aelin observaba todo desde la suite privada del último piso del Hotel Vólkov. Apoyada contra los ventanales, llevaba una blusa blanca con botones de nácar y pantalones ajustados en tono grafito. Su cabello caía suelto, y su rostro estaba limpio de maquillaje, salvo por un suave delineado que resaltaba sus ojos.
Sobre