La tormenta que se avecinaba no era una de truenos ni de lluvia.
Era de rumores, filtraciones y paranoia.
Desde que «Aléa Vólkova» apareció en la gala benéfica con su frase lapidaria —«el tiempo pone a cada uno en su lugar… y el mío acaba de comenzar»—, los teléfonos de los Vólkov no dejaron de sonar. La prensa especulaba, los inversores preguntaban, y las figuras del pasado se removían en sus asientos.
Pero en una mansión más oscura, en una sala decorada con oro antiguo y retratos familiare