La mansión Elizalde estaba sumida en un silencio espeso, como si contuviera la respiración. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con insistencia. Dentro, Isabella caminaba descalza por el pasillo central, su bata de seda arrastrando ligeramente por el suelo.
Había observado a Leonard durante días. Ya no la tocaba. Ya no sonreía con convicción. Sus pensamientos estaban en otro lugar.
En ella. En Aelin.
Esa sombra creciente, elegante, imposible de ignorar. Esa figura que ahora se hacía llama