La ciudad seguía rugiendo como un animal herido. Entre luces, bocinas, pantallas brillantes y rostros indiferentes, nadie se percató de que la tormenta que estaban esperando… ya había llegado.
Porque esa noche, sin anunciarse, sin flashes ni cámaras, Aelin Valtierra y Darian Vólkov regresaron.
Lo hicieron en el mismo vehículo negro que los llevó a la cabaña en las montañas. Pero esta vez no llevaban paz en la piel, sino una calma tensa. La de dos seres que sabían que su próximo paso no sería de