La cabaña donde se refugiaron era de madera antigua, rodeada de lagos, árboles y viento. Aelin despertó entre sábanas de lino claro, con los rayos del sol acariciando su piel desnuda. Darian no estaba en la cama.
Salió envuelta en una manta, descalza, y lo encontró junto al lago, preparando café.
—¿Intentas seducirme desde la cocina? —murmuró ella, abrazándolo por detrás.
—¿Y si te digo que sí?
Ella rió contra su espalda.—Demasiado tarde. Ya soy tuya. Y tú mío.
Pasaron los días en silencio. Coc