La gala había quedado atrás, pero sus ecos seguían vivos en cada rincón de la ciudad. Los periódicos no hablaban de otra cosa: el aplomo con el que Aelin había presentado la carta de transparencia, la torpeza de Celeste al no poder completar los formularios, y la reacción de los donantes al darse cuenta de que, desde ese momento, cada aporte quedaría registrado y expuesto.
Las cafeterías de la ciudad estaban llenas de conversaciones en torno a ese evento. Algunos alababan a Aelin, llamándola