La mañana comenzó tranquila en el penthouse. Aelin estaba sentada en la mesa del comedor, hojeando un libro de tapas gastadas que había encontrado la noche anterior entre las cajas. No lo leía realmente; más bien, lo acariciaba con la mirada, como si pudiera sacarle respuestas que aún no tenía.
El relicario con la carta seguía guardado en su bolsillo. Cada tanto, lo sacaba y lo abría, volviendo a leer esas palabras escritas con una caligrafía antigua: “El apellido puede olvidarse, pero la sangr